Cantar de los Cantares 3 (RV60)

1 Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma;
Lo busqué, y no lo hallé.
2 Y dije: Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad;
Por las calles y por las plazas
Buscaré al que ama mi alma;
Lo busqué, y no lo hallé.
3 Me hallaron los guardas que rondan la ciudad,
Y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma?
4 Apenas hube pasado de ellos un poco,
Hallé luego al que ama mi alma;
Lo así, y no lo dejé,
Hasta que lo metí en casa de mi madre,
Y en la cámara de la que me dio a luz.
5 Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén,
Por los corzos y por las ciervas del campo,
Que no despertéis ni hagáis velar al amor,
Hasta que quiera.
6 ¿Quién es ésta que sube del desierto como columna de humo,
Sahumada de mirra y de incienso
Y de todo polvo aromático?
7 He aquí es la litera de Salomón;
Sesenta valientes la rodean,
De los fuertes de Israel.
8 Todos ellos tienen espadas, diestros en la guerra;
Cada uno su espada sobre su muslo,
Por los temores de la noche.
9 El rey Salomón se hizo una carroza
De madera del Líbano.
10 Hizo sus columnas de plata,
Su respaldo de oro,
Su asiento de grana,
Su interior recamado de amor
Por las doncellas de Jerusalén.
11 Salid, oh doncellas de Sion, y ved al rey Salomón
Con la corona con que le coronó su madre en el día de su desposorio,
Y el día del gozo de su corazón.

 

Comentario a Cantares 3

Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia."


Libros poéticos -Cantares Tomo-2. Editorial CLIE.

 

En este capítulo, I. La sulamita continúa refiriendo el incidente del que habló en la 2a. parte (vv. 8 y ss.) del capítulo precedente, y termina con el mismo encargo que dio en 2:7 (vv. 1-5). II. Salomón, con un enorme alarde de esplendor majestuoso, intenta de nuevo ganarse el afecto de la sulamita (vv. 6-11).

Versículos 1-5

1. Desanimada por no haber aparecido su amado, la sulamita no puede conciliar el sueño (v. 1). Cuatro veces, una por cada versículo-(vv. 1-4), repite la frase 'al que ama mi alma', que ya vimos en 1:7. Nótese el gozo que se muestra en ese 'Hallé... lo agarré y no lo solté' (v. 4. Comp. con Sal. 119:2, 10; Jer. 29:13; Le. 15:4) ¿Es así de ferviente nuestro amor a Cristo? Por largo tiempo, la consolación de Israel se dejó esperar, mas el buen Simeón tuvo, por fin, en sus brazos al Mesías que esperaba y amaba. Locamente enamorada, la sulamita se levanta del lecho y comienza a dar vueltas por la ciudad (probablemente, Sulam, más bien que Jerusalén). Su resolución: «Me levantaré, etc.». (v. 2) no puede menos de recordamos la misma frase del Hijo Pródigo en Le. 15:18; y la pregunta a los guardas:

«¿Habéis visto al que ama mi alma?» (v. 3) nos recuerda igualmente la santa locura que mostró la Magdalena en su conversación con quien ella creía que era el hortelano (Jn. 20:15). Los guardas fueron incapaces de decirle a la sulamita dónde se hallaba su amado. Sólo los que tienen íntima comunión con Cristo pueden mostrar a otros el camino para hallarlo. La meditación de las Escrituras y la oración nos facilitaran esa comunión.

2. «Apenas había pasado de ellos (de los guardas) un poco, etc.» (y. 4). Pasó de los guardas tan pronto como se percató de que no podían darle noticias de su amado. Pero, en seguida que hubo pasado de los guardas, halló a su amado. Cuan dulce hubo de ser el hallazgo, después de esta persistente búsqueda, es difícil de expresar, pero fácil de imaginar. «Buscad (lit. continuad buscando) y hallaréis», dijo el Señor y nos aseguró que «el que continúa buscando, halla» (Mt. 7:7, 8. Los verbos están en presente continuativo) ¡Nadie se desanime! El Señor alarga muchas veces la pregunta para que mejor satisfaga la respuesta.

3. El v. 4b, mediante un paralelismo de sinonimia, parece mostrar que la madre de la sulamita aprobaba las relaciones que ella mantenía con el pastorcillo. El v. 5 cierra la sección, como en 2:7, donde se puede ver el comentario.

Versículos 6-11

1. Cambia la escena, si no el escenario, y en el resto del capítulo se nos describe, con la mayor probabilidad, la vuelta de Salomón, con gran escolta, a su regia residencia del norte de Palestina. Es probable que la pregunta del v. 6 saliese de labios de la sulamita. Aunque el pronombre demostrativo está en singular femenino, la verdadera versión debe ser «Qué es eso...?» en neutro, ya que, como muy bien advierte Lehrman, '¿Cómo podría un espectador distinguir, a tal distancia, si el ocupante de la regia litera era una mujer, y si estaba perfumada con mirra?'. Uno de los sirvientes del rey responde (vv. 7-10) con una descripción de todo el cortejo del rey:

Entre nubes de incienso aromático que parecen una columna de humo (v. 6), se acerca la litera o, mejor, el palanquín de Salomón (v. 7), una carroza lo bastante amplia para que vaya cómodamente reclinado el regio viajero, cubierta la carroza con un rico dosel, y con sendas columnas en los cuatro extremos, siendo llevada en procesión por cuatro o más hombres. Solían tener cortinas para resguardarse del sol y ventanas o celosías a ambos lados, según Ginsburg. Setenta guardaespaldas, de entre los más valientes de Israel, bien armados, le hacen escolta (vv. 7b, 8), por las alarmas de la noche, como dice explícitamente el texto; es decir, para protegerle de los merodeadores nocturnos. Cristo mismo estuvo bajo la protección especial de su Padre; tenía a su disposición legiones de ángeles. También la Iglesia está bien guardada y protegida; son más los que están con ella que los que están contra ella (V. 2R. 6:16, comp. con 2 Cr. 32:7; Sal. 55:18b; 1 Jn. 4:4). Todos los atributos de Dios entran en juego para salvaguardar a los creyentes; su paz protege a los que son verdaderamente suyos (Fil. 4:7). Nuestro peligro viene de los dominadores de este mundo de tinieblas, pero estamos a salvo con la armadura de Dios, que es una armadura de luz (V. Ef. 6:12 y ss., comp. con 1 Ts. 5:1-8).

2. Los vv. 9 y 10 detallan los materiales con que estaba construido el palanquín de Salomón. El mittah, litera, del v. 7 es llamado en el v. 9 apiryón, palanquín cubierto, por donde se adivina su forma que ya hemos descrito. La última parte del v. 10 debe traducirse así: «Su interior, tapizado con amor (es decir, amorosamente) por las doncellas de Jerusalén». Dice M. Henry: 'La plata es mejor que el cedro, el oro es mejor que la plata, pero el amor es mejor que el oro, y por eso se pone el último, porque no puede haber ninguna cosa mejor que él" (V. 1 Co. 13:13). El Evangelio nace del amor de Dios (Jn. 3:16; 1 Jn. 3:1), y sin el amor, nada vale todo lo demás (1 Co. 13:1-3).

3. El v. 11 va dirigido a las doncellas de Sión, sinónimo de las doncellas de Jerusalén del v. anterior. Es el coro de cantores el que ahora habla, según F. Asensio. En todo caso, se trata evidentemente de llamar la atención de la sulamita, a fin de que le impresione más la llegada del rey y esté mejor dispuesta a consentir en la petición de mano que Salomón insiste en proponerle. Sin embargo, la sulamita está enamorada del pastorcillo y seguirá siéndole fiel, a pesar de todos los intentos de Salomón para deslumbrarla y conquistarla. Todo esto es, de algún modo, imagen del esplendor mundano y de las variadas formas que reviste para tentar a los creyentes (comp. con Ec. 2:4-8; Gá. 6:14; Fil. 3:8; 1 Jn. 2:15 y ss.). Puede verse el contraste entre Fil. 1:20, 21 y 2 Ti. 4:10. ¡Ojalá tuviésemos los creyentes el mismo grado de amor al Esposo Celeste que la sulamita tenía a su amado pastor!

4. «Con la corona, etc.» (v. 1 1b). Cuando los creyentes aceptan a Cristo por su amado Señor y Salvador y se unen a él con pacto perpetuo, es el día de la coronación de Cristo en los corazones de ellos. Antes de la conversión se coronaban a sí mismos, pero después comienzan a coronar a Cristo (comp. con Ap. 4; 10) y así continúan haciéndolo desde aquel día. Es el día de sus desposorios, en el cual se desposa con ellos para siempre en amor, gracia y favor. Es el día del gozo de su corazón. Se alegra del honor que los suyos le dispensan.